Hay algo en el fuego que siempre ha cautivado al ser humano. Su luz atrae, su calor reconforta, pero también su fuerza puede transformar o consumir. En la Biblia, el fuego representa la presencia de Dios, la pureza, y el poder del Espíritu Santo. Desde la zarza ardiente en el monte Horeb hasta el fuego que descendió sobre los discípulos en Pentecostés, Dios siempre ha usado el fuego como símbolo de una vida encendida por Su Espíritu.
Pero hoy, muchos han dejado que ese fuego se apague. Las preocupaciones, el cansancio, el pecado o la rutina han apagado las brasas que antes ardían con pasión por Dios. Sin embargo, el Señor sigue buscando corazones dispuestos a volver a encender la llama, a restaurar esa comunión viva y ardiente con Él.
La pregunta que Dios nos hace hoy es:
¿Está tu fuego encendido, o solo quedan brasas apagadas?
Hoy hablaremos de cómo mantener ese fuego vivo —el fuego del Espíritu, del llamado, de la oración y de la fe— para que nada ni nadie lo apague. Porque cuando el fuego de Dios arde en nosotros, las tinieblas retroceden, los corazones se transforman y la presencia de Dios se hace visible.
¿Quieres que te haga también una versión más corta (para comenzar directamente la prédica) o una versión más poética/emocional (ideal para captar la atención al inicio del servicio)?

