Si alguno tiene sed, venga a mí y beba

# 44

 “En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba.  El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva.  Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado.” (Juan 7:37-39).

Jesús aprovechó la ocasión de la fiesta de los “Tabernáculos”, especialmente el último día, para profetizar la llenura del Espíritu Santo, la experiencia más grande que acompañaría su acto de   perdón de nuestros pecados. De hecho, esa promesa aún no se había cumplido, ya que el Espíritu Santo sería dado después de su glorificación, es decir, tras su muerte y resurrección. La fiesta de Pentecostés fue el cumplimiento de esta profecía anunciada en aquel momento.

“En el último y gran día de la fiesta”. Según el contexto de la festividad, el último día era el más solemne y significativo, marcando el cierre de la celebración. Por ello, Jesús eligió ese momento para transmitir un mensaje clave, aprovechando la atención y la expectativa del pueblo. El simbolismo del agua era fundamental en la fiesta, lo que otorga mayor profundidad a sus palabras. Así, Jesús se presenta como el cumplimiento de los tipos del Antiguo Testamento.

William Hendriksen, hablando de esta fiesta, dice: “En todos los siete días de la fiesta un sacerdote llenaba una jarra de oro con agua de ese estanque. Acompañado de una solemne procesión, volvía al templo y, en medio del toque de trompetas y de gritos de las alegres multitudes, la derramaba en un embudo que terminaba en la base del altar de los sacrificios encendidos… Tenían la mente, el corazón y la voz llenos de pasajes como Isaías 12:3: “Sacaréis con gozo aguas de las fuentes de la salvación” (Comentario Al Nuevo Testamento: El Evangelio Según San Juan (Grand Rapids, MI: Libros Desafío, 1981), 287–288.

 “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba”. Jesús invita a todos los que experimentan una necesidad espiritual profunda, simbolizada por la sed, a acercarse a Él. No excluye a nadie; la invitación es universal y personal. Beber significa recibir lo que Jesús ofrece: plenitud, vida y satisfacción que no se encuentran en ningún otro sitio. Aquí, la sed representa ese vacío interior que solo Dios puede llenar. Es un llamado para buscar en Cristo la satisfacción de la vida.

“El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva”. La imagen de los “ríos de agua viva”, evocando el agua derramada del Siloé durante la fiesta, representa una vida llena del Espíritu. No es solo para el beneficio propio, sino que ese fluir alcanza también a otros. La referencia a la Escritura indica que esta promesa tiene fundamento profético, como en Isaías 44:3; 58:11; y Zacarías 14:8. Cristo vino a saciar la sed del alma.

“Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él”. Aquí se aclara que Jesús hablaba simbólicamente del Espíritu Santo. Esta promesa era para todos los que pusieran su fe en Él, señalando una experiencia futura. El Espíritu sería el don que traería vida, poder y guía a los creyentes. Así, Jesús anticipa la venida del Espíritu como el cumplimiento de su mensaje. El nuevo nacimiento sería esa experiencia a la que Jesús se refiere de manera profética.

 

“…pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado”. El evento futuro de la llegada del Espíritu Santo dependía de la muerte, resurrección y exaltación de Jesús, es decir, de su “glorificación”. Una vez finalizada la obra redentora, el Espíritu Santo sería enviado a los creyentes. Con ese anuncio futuro se completaría el plan divino para la salvación. En resumen, la presencia del Espíritu es consecuencia directa del triunfo de Cristo.

Este pasaje es una invitación a buscar continuamente una relación personal y viva con Cristo, permitiendo que el Espíritu Santo transforme nuestro interior y que ese “río de agua viva” fluya a través de nosotros y hacia los demás, mostrando amor, compasión y servicio. De este modo, la promesa de Jesús se cumple no solo en nuestra vida, sino también en la de aquellos a quienes alcanzamos con su amor. Dejemos que ese río siga fluyendo en nuestras vidas.

¿Por qué Jesús aprovechó el último día de la fiesta para lanzar la profecía de la futura venida Espíritu Santo y con esto la llegada de los “ríos de agua vida” en nuestros corazones?

 

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