# 48
“Otra vez Jesús les habló, diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. Entonces los fariseos le dijeron: Tú das testimonio acerca de ti mismo; tu testimonio no es verdadero. Respondió Jesús y les dijo: Aunque yo doy testimonio acerca de mí mismo, mi testimonio es verdadero, porque sé de dónde he venido y a dónde voy; pero vosotros no sabéis de dónde vengo, ni a dónde voy. Vosotros juzgáis según la carne; yo no juzgo a nadie. Y si yo juzgo, mi juicio es verdadero; porque no soy yo solo, sino yo y el que me envió, el Padre. Y en vuestra ley está escrito que el testimonio de dos hombres es verdadero. Yo soy el que doy testimonio de mí mismo, y el Padre que me envió da testimonio de mí. Ellos le dijeron: ¿Dónde está tu Padre? Respondió Jesús: Ni a mí me conocéis, ni a mi Padre; si a mí me conocieseis, también a mi Padre conoceríais. Estas palabras habló Jesús en el lugar de las ofrendas, enseñando en el templo; y nadie le prendió, porque aún no había llegado su hora.” (Juan 8:12-20).
En este pasaje encontramos otro de los “Yo soy” de Jesús, quien se presenta como la luz del mundo, ofreciendo dirección y vida a quienes le siguen. Como era de esperar, los fariseos ponen en duda su testimonio, pero Él afirma que su autoridad procede del Padre. Jesús destaca que su juicio es justo porque no actúa solo, sino en comunión con Dios. Finalmente, enseña en el templo sin temor, ya que aún no había llegado su hora.
“Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas”. Jesús se presenta como la fuente de verdad y guía espiritual. Garantiza que quienes le siguen no vivirán en confusión ni oscuridad, sino que recibirán luz para sus vidas. Esta declaración implica protección frente al error y al pecado. La “luz” simboliza esperanza y salvación. Seguirle es caminar en rectitud y con propósito. Andar con Cristo es vivir en un sendero iluminado por su luz.
Alberto T. Platt dice: “Las fiestas judaicas se hacían con mucha pompa y simbolismo. En ésta, la de los tabernáculos, recordaban la columna de fuego mencionada en Éxodo. Para ello, encendían cada noche dos grandes lámparas, cada una de las cuales, según la tradición, milagrosamente iluminaba una sección de la ciudad. Era muy apropiado entonces que Cristo usara el tema de la luz para dar alguna enseñanza” (Estudios Bı́blicos ELA: Para Que Creáis (Juan) (Puebla, Pue., México: Ediciones Las Américas, A. C., 1995), 65.
“Aunque yo doy testimonio acerca de mí mismo, mi testimonio es verdadero.” Jesús defiende la validez de sus palabras, aunque hable de sí mismo. No necesita validación externa porque su origen es divino. Su testimonio es confiable por su relación con el Padre. No miente ni busca engañar. Su autoridad proviene de Dios, no de los hombres.
“Mi testimonio es verdadero, porque sé de dónde he venido…” Jesús afirma su conocimiento pleno de su identidad y misión. Mientras los demás desconocen su origen celestial, Él tiene certeza de su propósito. Esta diferencia marca la autoridad de sus palabras. Los oyentes están limitados por su perspectiva humana. Jesús revela la distancia entre lo divino y lo terrenal. Él se presenta ante ellos como quien viene del Padre, más que solo de Galilea.
“Vosotros juzgáis según la carne; yo no juzgo a nadie…” Jesús no se deja influenciar por prejuicios ni intereses personales. Su juicio es espiritual y justo. Muestra humildad y misericordia en su trato e invita a mirar más allá de lo externo, hacia lo profundo. El juicio de los fariseos, aunque utilizaban la ley para ello, estaba gobernado por la razón y por las inclinaciones pecaminosas de su naturaleza humana; juzgaban como lo hace la gente que no tiene a Dios.
“Y si yo juzgo, mi juicio es verdadero.” Jesús aclara que, cuando juzga, lo hace con rectitud y verdad. Su juicio está fundamentado en la voluntad de Dios. No es parcial ni corrupto. Tiene la autoridad divina para discernir correctamente. Su criterio es fiable y justo, diferente al de los hombres. Para esto, Él pone a su propio Padre, quien lo ha enviado, como su fiel testigo. Pero los fariseos no le conocieron, ni tampoco creyeron. Por esto el antagonismo hacia Él iba creciendo.
“Y en vuestra ley está escrito que el testimonio de dos hombres es verdadero.” Jesús cita la ley judía para reforzar la legitimidad de su testimonio. Según la tradición, se requieren dos testigos para validar una afirmación. Él y el Padre cumplen este requisito. Así responde a la duda de los fariseos. Su enseñanza está en armonía con la ley, y nadie mejor que Jesús para conocer la ley, y al citarla constantemente deja claro, ante quienes la conocen, que Él no miente.
“Ni a mí me conocéis, ni a mi Padre…” Jesús denuncia la ignorancia espiritual de sus oyentes. No reconocen quién es realmente ni su relación con Dios. Y es que conocer a Jesús es la clave para conocer al Padre. Pero, por otro lado, la falta de reconocer al Hijo revela el alejamiento de Dios. En este texto se hace más evidente la incredulidad de los fariseos, al hacerle a Jesús la pregunta que lo desafió: “¿Dónde está tu Padre?”.
Gary P. Baumler dice aquí lo siguiente: “Este pasaje le debe causar preocupación a nuestra alma. ¿Se pueden escuchar palabras más terribles que las que Jesús dice: “Ni a mí me conocéis, ni a mí Padre”? (Juan, ed. John Braun, Armin J. Panning, and Curtis A. Jahn, La Biblia Popular (Milwaukee, WI: Editorial Northwestern, 1999), 135.)
“Y nadie le prendió, porque aún no había llegado su hora” Esto sugiere que, a pesar de las tensiones, Jesús permanece libre por la soberanía divina. Su destino está en manos de Dios, no de los hombres. “Su hora” se refiere al momento predestinado de su pasión. Nadie puede adelantar los planes divinos. Es señal de protección y cumplimiento profético. Por cierto, esto aplica también para la hora de su retorno. La “hora divina” solo es manejada por el Padre celestial.
“Y nadie le prendió, porque aún no había llegado su hora”. Esto fue así porque su destino estaba en manos de Dios, y no en manos de los hombres. “Su hora” hace referencia al momento predestinado de su pasión, y nadie puede adelantar los planes divinos. Es señal de protección y de cumplimiento profético. Por cierto, esto también aplica para el momento de su retorno: la “hora divina” solo la maneja el Padre celestial. La hora divina dista mucha de la del hombre.
¿Cuál es el significado de la declaración de Jesús “Yo soy la luz del mundo” para toda la humanidad?
