LAS DIMENSIONES DEL REINO 

Serie: Certidumbre en Tiempos de Incertidumbre 

Libro de Lucas  

LAS DIMENSIONES DEL REINO 

(Lucas 13:18-21) 

Si tuviéramos que elegir una palabra para captar el mensaje del evangelio de Lucas, sería «reino».  Decimos esto porque el tema del reino de Dios está presente de principio a fin en dicho evangelio.  Es más, si seguimos leyendo a Lucas en su segundo libro (Hechos), el tema del reino se extiende  hasta el final. Al estudiar ambos libros, la palabra “reino” aparece 53 veces. Veamos: en el anuncio  a María, el ángel dijo que el niño sería llamado “Hijo del Altísimo”, y que el Señor Dios le daría  el trono de David, reinaría para siempre y su reino no tendría fin (Lucas 1:30-33). Cuando Jesús  comenzó su ministerio, sus primeras palabras fueron: “Arrepentíos y convertíos, porque el reino  de Dios se ha acercado”. En el sermón del monte dijo que los pobres eran bienaventurados “porque  de ellos es el reino de Dios” (Lucas 6:20). Jesús aparece recorriendo ciudades y aldeas,  proclamando y anunciando las buenas nuevas del reino de Dios (Lucas 8:1). En una ocasión, al  terminar de contar una parábola a la multitud, explicó su significado a sus discípulos, y les dijo:  «A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de Dios, pero a los demás se les  habla en parábolas…” (Lucas 8:10). En los capítulos 9 hasta el 12, Lucas sigue hablando del tema  del reino, incluyendo la misión de los 70 y de los 12, y el tema del reino de Dios abarcaría hasta  la muerte y resurrección de Cristo. Sin embargo, no termina allí, porque en el libro de los Hechos  este es el tema dominante, comenzando con los 40 días posteriores a la resurrección de Cristo,  cuando enseñaba a los discípulos acerca del reino (Hechos 1:3), y así continuó el cumplimiento de  Hechos 1:8. ¿Por qué todo este resumen? Porque ahora Lucas nos narra dos parábolas de Jesús, y  en ambas compara a qué es semejante el “reino de Dios”. Mientras escucha este mensaje, mantenga  esta idea en mente: el reino de Dios es ahora y será en el futuro. Veamos cuáles son las dos  dimensiones del reino de Dios en las figuras de la mostaza y la levadura. 

  1. EL REINO DE DIOS TIENE UNA DIMENSIÓN HACIA AFUERA 
  2. El reino de los cielos semejante a un grano de mostaza (v. 18, 19). El libro de Lucas nos muestra  en unas siete ocasiones la expresión “el reino de los cielos es semejante a…” para ilustrar sus  distintas dimensiones. La semilla de mostaza es una de esas comparaciones. Aunque se ha  demostrado que la semilla de mostaza no es la más pequeña de todas, se utiliza porque era muy  familiar para los judíos, y también como ejemplo para el desarrollo de la fe. ¿Recordáis la frase  convertida en coro: “si tuvierais fe como un grano de mostaza…”? Al hablar del reino de Dios  semejante a un grano de mostaza, debemos regresar a los comienzos del evangelio. La idea es  mostrarnos algo que comenzó siendo muy pequeño y cómo se ha expandido hasta nuestros días,  después de dos mil años. Fijaos: los sabios de oriente encuentran el reino de Dios naciendo en un  pequeño y recóndito pueblo llamado Belén, el último lugar que uno escogería para que un rey  iniciara un reino. Pero hay más: este rey nace al aire libre, en un humilde y sucio pesebre. Así fue 

como nació el Rey de ese reino. Sin embargo, ese reino crecería, así como Jesús creció, y se  establecería con un grupo de doce hombres. De allí partiría todo el crecimiento del reino.  

  1. La siembra de la semilla en el huerto (v. 19b). Ningún crecimiento puede darse sin una siembra  necesaria y adecuada. Observemos que Jesús habla de la semilla, pero sembrada en un huerto. En  otra ocasión Él contó una parábola sobre la semilla (la parábola del Sembrador), donde hace  referencia al tipo de suelo en el que fue sembrada. De todos los lugares donde cayó la semilla, solo  una pudo crecer porque encontró buena tierra. Pero al hablar de la semilla de mostaza, lo hace  refiriéndose a un huerto, un lugar debidamente preparado para el crecimiento. Hay sabiduría en  esto, especialmente cuando pensamos en el evangelio del reino, marcado por la insignificancia y  la humildad de la siembra. La siembra representa el inicio de la obra de Cristo y la proclamación  de su mensaje en un contexto pequeño y poco valorado, como Judea, entre personas sencillas.  ¿Podéis imaginar a Jesús escogiendo a doce hombres tan ordinarios, sin preparación, sin influencia  y sin mucho que ofrecer, para seguirle y establecer el reino? Sin embargo, esta semilla del reino  fue sembrada en el “huerto de Dios”. Al principio parecía tener poca influencia, pero poseía el  potencial para un crecimiento extraordinario. Esta parábola nos enseña que el verdadero impacto  del reino surge a partir de comienzos modestos, sin grandes aplausos o reconocimientos, antes de  que lo visible se manifieste. 
  2. El crecimiento como un árbol grande (v. 19c). Al observar a Jesús, fundador de ese reino, se  nos revela como alguien pobre y humilde, terminando su vida sufriendo la muerte de un malhechor  en la cruz. Así podríamos decir que, en sus inicios, el cristianismo como religión parecía tan débil,  desamparada e impotente que no parecía capaz de sobrevivir. Pero, ¿qué ocurrió con el reino de  Dios tras la muerte y ascensión de Cristo a los cielos? El reino de Dios florecerá; se extenderá  hasta los confines de la tierra y bendecirá a todas las naciones. Lo que comenzó siendo pequeño  ha ido creciendo lentamente. Además, su cualidad es la humildad: Cristo no compara su reino con  un gran cedro, sino con el sencillo árbol de mostaza. Esto es así porque su reino no sería como el  de Salomón, Nabucodonosor, Julio César u otros de la historia. El suyo empezó a crecer desde  Jerusalén, Judea, Samaria y hasta los confines de la tierra. Actualmente se habla de unos 2.300  millones de seguidores. Como el árbol de mostaza, el reino de Dios crecería y seguiría creciendo,  llevando las bendiciones de Cristo, el Hijo de Dios, a todas las naciones según Mateo 24:14, y  después de eso vendrá el fin. 
  3. Las ramas crecidas para nidos de las aves (v. 19d). La enseñanza de Jesús sobre su reino y su  crecimiento, ilustrada mediante la metáfora de la “semilla de mostaza”, nos conduce a la imagen  de las aves del cielo anidando en sus ramas. ¿Qué significan esas aves que vienen y hacen sus  nidos allí? ¿Por qué Jesús llevó su explicación hasta este punto? Porque el crecimiento de esta  planta a partir de una semilla diminuta representa cómo la fe puede desarrollarse y expandirse con  el tiempo. La imagen de las aves haciendo su nido en las ramas sugiere refugio y lugar de descanso.  Una interpretación nos lleva a ver a la iglesia formándose en torno a su fe; así como el árbol ofrece  un hogar a las aves, nuestra fe puede brindar sentido de pertenencia y un hogar a quienes llegan en  busca de refugio, representados por las distintas aves. Esta metáfora nos recuerda la profecía de  Daniel 4. Cuando Cristo habla de su reino como un árbol crecido, y de las aves del cielo anidando  en sus ramas, evoca ese árbol de Nabucodonosor en su esplendor. Pero, ¿qué sucedió con aquel  árbol? Que fue cortado; Nabucodonosor fue humillado. Sin embargo, el reino de Cristo sigue  creciendo y más “aves” continúan hallando refugio en él.
  4. EL REINO DE DIOS TIENE UNA DIMENSIÓN HACIAADENTRO 
  5. La pregunta retórica sin respuesta (v. 20). Tanto en la primera parábola como en esta, Jesús  emplea el método de las preguntas retóricas, dando Él mismo la respuesta. ¡Qué manera tan  extraordinaria utilizó Jesús para enseñar a sus discípulos las verdades eternas, y en este caso, las  verdades acerca del reino! No fueron pocas las veces en que Él planteó la pregunta: “¿A qué  compararé el reino de Dios?”. Hay dos ejemplos muy significativos antes de abordar estas dos  parábolas. Jesús hizo referencia al reino de Dios como un “tesoro escondido” (Mateo 13:44),  aludiendo a algo valioso que requiere sacrificio y esfuerzo para ser encontrado y poseído, hasta el  punto de renunciar a todo para obtenerlo. En otra ocasión, comparó el “reino de Dios” con la “perla  de gran precio” (Mateo 13:45-46), como un tesoro invaluable por el que merece la pena vender  todo para obtenerlo. Al recordar estas semejanzas, no resulta extraño que Jesús, al hablar del reino  de Dios en sentido espiritual, dijera que busquemos primeramente “el reino de Dios y su justicia”,  y lo demás vendría por añadidura. 
  6. Escondida en tres medidas de harina (v. 21). El reino de Dios ejerce su influencia desde dentro,  no desde fuera. La levadura hace que la masa suba desde dentro, lo que representa un crecimiento  interno. Dios transforma primero el corazón de la persona, y ese cambio interno se manifiesta  externamente. Esta es la visión del evangelio. Los cristianos, insertos en una cultura, actúan como  agentes de cambio, transformándola gradualmente desde dentro. Por otro lado, la labor de la  levadura también nos muestra que el efecto del reino de Dios será integral. Así como la levadura  actúa hasta que toda la masa ha subido, el beneficio final del reino de Dios será mundial (Salmo  72:19). Habacuc profetizó: “La tierra será llena del conocimiento de la gloria del SEÑOR, como  las aguas cubren el mar” (Habacuc 2:4). Esto sugiere que, aunque el reino de Dios obra de forma  invisible, su efecto es evidente para todos. La levadura cumple su función de manera lenta, secreta  y silenciosa, pero nadie puede negar su efecto en el pan. Lo mismo sucede con la obra de la gracia  en nuestros corazones. La imagen de la levadura que fermenta toda la masa simboliza la obra de  la gracia y del Espíritu en nuestros corazones, hasta que sea visible para los demás. 
  7. Un trabajo silencioso “hasta que todo hubo fermentado” (v. 21c). Con esta metáfora, el Señor  nos muestra el poder transformador que actúa en el cristiano. Mediante el poder del reino de Dios  con su evangelio y la obra de la gracia en nuestros corazones, que actúa como la levadura obrando  en nuestro interior, somos transformados, enderezados y sanados, tal como previamente lo hizo el  Señor al sanar a la mujer encorvada en la sinagoga. Así constatamos su eficacia en nuestros  corazones. Eso que parece pequeño, como la obra de la gracia, actúa como un poder envolvente y  gradual en cada fibra de nuestro ser, transformándonos a la imagen de Cristo. Así es el reino de  Dios: aquello que es pequeño y aparentemente insignificante resulta ser el comienzo de algo  poderoso y grandioso. En este caso, y de manera positiva, la levadura representa la Palabra del  reino, y Jesucristo es la máxima expresión de ese reino. Este es el nuevo poder traído al mundo  desde lo alto, no una filosofía, sino una revelación. Este poder actúa desde dentro hacia fuera.  Comienza en el ser interior, en lo espiritual, pero finalmente produce una transformación poderosa. 

Aplicación: El reino de Dios avanza cuando predicamos la Palabra de Dios, acompañada de la  obra interior del Espíritu Santo. Al trabajar juntos y en armonía la Palabra y el Espíritu, iluminan  las mentes, renuevan los corazones y transforman la voluntad de las personas, capacitándolas y 

disponiéndolas a creer en Cristo hasta confesarlo como Señor. El efecto de esto será poderoso y  perceptible. Sin embargo, el avance del reino de Dios es invisible para nosotros. Si observamos,  cuando los reinos mundanos avanzan, ¡se nota! Se ven ejércitos movilizados y centros de poder  construidos. Pero no ocurre así con el reino de Cristo, porque su reino no es de este mundo. 

CONCLUSIÓN: Entonces, ¿qué es el reino de Dios? ¿Dónde se encuentra? ¿Quiénes forman  parte y quiénes quedan excluidos? ¿Cuáles son sus principios éticos? ¿Cómo florece y progresa?  ¿En qué se convertirá? Las parábolas de la mostaza y la levadura nos ayudan a comprender la  naturaleza y funcionamiento de este reino. El reino fue inaugurado como una semilla de mostaza  en la primera venida de Cristo y sigue creciendo día tras día. Al igual que la levadura, el reino de  Dios avanza de manera poderosa y silenciosa, de formas que muchas veces no percibimos, pero  cuyos efectos son indudables. En este reino, nuestras armas no son terrenales, sino espirituales: la  Palabra y la oración. Por ello, no recurrimos a tácticas mundanas para expandir el reino de Cristo,  sino que confiamos en la obra del Espíritu Santo, quien es el verdadero agente de expansión. Ahora  entendemos por qué Jesús enseñó: “Venga tu reino, hágase tu voluntad”. ¿Eres tú parte de ese  reino? ¿Has conocido a tu Rey? ¿Has nacido de nuevo en ese reino? ¿Vives como un ciudadano  del reino de Dios? ¿Te preocupa verlo crecer y florecer?

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