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“Los alguaciles vinieron a los principales sacerdotes y a los fariseos; y estos les dijeron: ¿Por qué no le habéis traído? Los alguaciles respondieron: ¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre! Entonces los fariseos les respondieron: ¿También vosotros habéis sido engañados? ¿Acaso ha creído en él alguno de los gobernantes, o de los fariseos? Mas esta gente que no sabe la ley, maldita es. Les dijo Nicodemo, el que vino a él de noche, el cual era uno de ellos: ¿Juzga acaso nuestra ley a un hombre si primero no le oye, y sabe lo que ha hecho? Respondieron y le dijeron: ¿Eres tú también galileo? Escudriña y ve que de Galilea nunca se ha levantado profeta” (Juan 7:45-52).
Los alguaciles tenían la responsabilidad de custodiar y proteger el templo, actuando bajo las órdenes de los sacerdotes y fariseos. Por ello, Juan explica que fueron enviados a detener a Jesús, ya que, según lo observado, Jesús había desafiado la ley y debía ser arrestado. Sin embargo, además de regresar “con las manos vacías”, los fariseos recibieron de Nicodemo —también fariseo, pero convertido— una advertencia sobre la importancia de la ley: escuchar antes de condenar. El informe presentado fue que nadie jamás ha hablado como Cristo.
“¿Por qué no le habéis traído?” Esta fue la pregunta de los líderes religiosos a los alguaciles al verlos volver sin Jesús. La preocupación de los intérpretes de la ley ahora es más notoria, porque evidencia el temor que sentían ante la influencia del hombre de Galilea sobre la multitud. Aquí se manifiesta la tensión creciente entre los líderes y quienes escuchaban a Jesús. En ese contexto, queda claro el conflicto entre el poder religioso y la figura de Jesús.
“¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!” Estas fueron las palabras de asombro de los alguaciles al escuchar a Jesús. Ellos seguramente habían escuchado a muchos “arrestados”, pero nunca a alguien hablar como Jesús. Y desde entonces hasta ahora, “jamás hombre alguno ha hablado” como Jesús. Sus palabras fueron tan convincentes que los alguaciles no pudieron cumplir la orden de arrestarlo. Nadie habló ni hablará jamás como lo hizo Cristo.
John F. Walvoord and Roy B. Zuck dicen: “Literalmente “Nunca habló así un hombre”, lo que implica que los guardias sentían que él era excepcional, o quizá algo más que un hombre. Frecuentemente, los evangelios revelan a Jesús como un maestro y orador impresionante (e.g., Mt. 7:29; 22:46). Aunque Jesús tenía oposición, muchos de los que lo oían se conmovían con sus palabras (cf. Jn. 7:15; 12:19)” ( El Conocimiento Bíblico, Un Comentario Expositivo: Nuevo Testamento, Tomo 2: San Juan, Hechos, Romanos (Puebla, México: Ediciones Las Américas, A.C., 1996), 60.
“¿También vosotros habéis sido engañados?” Esta pregunta denota incredulidad y sospecha, pues piensan que estos han sido influenciados o engañados por Jesús. De este modo, la simpatía que los “arrestadores” sienten por Jesús genera un temor aún mayor en los líderes, ya que perciben que están perdiendo el control. Ante la innegable admiración hacia Jesús, ellos interpretan esa situación como una amenaza directa a su autoridad.
“¿Acaso ha creído en él alguno de los gobernantes, o de los fariseos?” Los fariseos continuaron su cuestionamiento con esta pregunta, intentando desacreditar a Jesús al argumentar que ninguno de los líderes religiosos o gobernantes ha creído en Él. En este comportamiento se evidencia la ceguera de estos hombres, empeñados en defender su autoridad, y que si no han aceptado a Jesús, entonces Él no puede ser legítimo. Para ellos, solo los ignorantes siguen a Jesús.
“Mas esta gente que no sabe la ley, maldita es.” Con esta declaración, los fariseos menosprecian al pueblo humilde que sigue a Jesús, considerándolos ignorantes de la ley y, por tanto, malditos por ella. Este juicio severo es una clara muestra de desprecio hacia quienes no comparten sus conocimientos y creencias. Es un ejemplo notorio de la falta de empatía y apertura de los fariseos. No se podía observar mayor ceguera espiritual en quienes dirigían la ley.
“¿Juzga acaso nuestra ley a un hombre si primero no le oye, y sabe lo que ha hecho?” Aquí entra en escena Nicodemo, también fariseo, pero con la diferencia de que ya había conocido a Jesús en secreto. La intervención de Nicodemo se apega a la ley, y su argumento se basa en el proceder apresurado de los líderes, apelando a la justicia y al debido proceso. Este hombre no estaba tan ciego como los demás, de ahí su llamado a la imparcialidad ante la presión popular.
“Escudriña y ve que de Galilea nunca se ha levantado profeta”. La negativa a Jesús por su origen galileo, alegando que ningún profeta ha surgido de esa región, fue la conclusión de los fariseos. De un “plumazo” invalidaron a Jesús basándose en prejuicios geográficos y culturales. La mezquindad de sus corazones llevó a un rechazo total de la posibilidad de que Jesús fuera el Mesías. Con esta actitud ciega, vemos cómo los prejuicios obstaculizan el mensaje de Dios.
En la aplicación de este pasaje hallamos una invitación a valorar la autenticidad y el mensaje de Jesús, aunque ello implique ir en sentido contrario a la opinión de la mayoría. Asimismo, es un llamado a la humildad, evitando menospreciar a quienes buscan sinceramente la verdad. Por encima de todo, se defiende la imparcialidad, incluso cuando esto suponga quedar en minoría.
¿Qué significan las palabras de los alguaciles “¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!” al momento de establecer la diferencia de ellas con los líderes de otras religiones?
