Ni yo te condeno; vete, y no peques más

# 47

“… y Jesús se fue al monte de los Olivos.  Y por la mañana volvió al templo, y todo el pueblo vino a él; y sentado él, les enseñaba.  Entonces los escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio; y poniéndola en medio, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio.  Y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices?  Mas esto decían tentándole, para poder acusarle. Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo.  Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella.  E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra.  Pero ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, salían uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros; y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en medio.  Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó?  Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más” (Juan 8:1-8).

El propósito de este pasaje es resaltar el contraste entre la autoridad y sabiduría de Jesús frente a la rigidez y los prejuicios de los líderes religiosos. Es una obra preciosa que enseña la compasión de Jesús, situada entre la miseria y la misericordia. Además, constituye una escuela que muestra la justicia y la imparcialidad. Pero, sobre todo, representa una muestra del poder transformador de Jesús en medio de la oposición y los intentos de atraparlo en algún error.

 “Y por la mañana volvió al templo, y todo el pueblo vino a él…” Esta frase refleja la rutina de Jesús, quien, tras retirarse al monte, regresa al templo para enseñar. Aquí se aprecia la importancia que tenían sus palabras para la gente, que acudía en masa para escucharle. Al sentarse, Jesús adopta la postura tradicional de los maestros judíos, generando así un ambiente de aprendizaje y respeto. Jesús fue un gran maestro, y este pasaje es revelador de su labor.

 “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio”. Este caso fue presentado a Jesús para ponerle a prueba en su decisión. El de esta mujer era un asunto de gran gravedad, tipificado por la ley judía como un delito flagrante, castigado con la pena de muerte. Aunque el término “Maestro” se emplea de manera retórica, el objetivo era enfrentar a Jesús con una situación difícil. También se ve la falta de compasión de estos hombres hacia la mujer.

“Y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres”. No podía esperarse menos de los escribas y fariseos. Según la Ley mosaica, la consecuencia debía ser el castigo severo. En esa declaración solo hay rigidez y literalidad en la interpretación de las Escrituras. Se utiliza la ley como herramienta de condena, sin considerar las circunstancias personales. Para ellos, la aplicación de la ley era el objetivo final, no el perdón ni la misericordia.

Alberto T. Platt  dice: “Si hubieran tenido interés verdadero en la ley del Antiguo Testamento, hubieran traído también al hombre sorprendido con ella. ¡La verdad es que los fariseos tenían más interés en apedrear a Cristo que a la mujer” (Estudios Bı́blicos ELA: Para Que Creáis (Juan) (Puebla, Pue., México: Ediciones Las Américas, A. C., 1995), 64

 “Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo”. Existen diversas interpretaciones sobre lo que Jesús pudo haber escrito en el suelo, como la idea de que estaba anotando los pecados de los acusadores; sin embargo, lo que destaca en esta escena es que Jesús mantiene el control de la situación, y su postura refleja cómo se prepara cuidadosamente para responder a lo que vendrá después. Esa acción debió avergonzar a los acusadores.

“El que de vosotros esté sin pecado, sea el primero en arrojar la piedra contra ella”. Jesús responde con una frase que transforma profundamente el enfoque del juicio. Invita a los acusadores a examinarse antes de condenar a otros, apelando a la humildad y al reconocimiento de los propios errores. Esta declaración desmonta la actitud acusatoria y expone la hipocresía, convirtiéndose en un principio universal de justicia y compasión.

“… y quedó solo Jesús y la mujer que estaba en medio”. Tras la respuesta de Jesús, todos los acusadores se marchan, dejando a la mujer sola con Él. En ese momento, la miseria se encuentra cara a cara con la misericordia. Jesús permanece junto a ella, simbolizando la auténtica justicia. Este instante es profundamente íntimo y significativo, pues representa el encuentro entre la debilidad humana y la gracia divina, y subraya el valor de la compasión de Jesús.

“Ni yo te condeno; vete, y no peques más”. Esta historia concluye como lo hacen todas las historias con Jesús: no hay condena, sino salvación. El único reproche es el llamado a no volver a pecar. Jesús no aprueba el pecado, pero tampoco condena a la persona, invitándola a cambiar de vida. Esta respuesta concentra el mensaje central del Evangelio: el perdón y la posibilidad de transformación, una invitación a la esperanza y a la renovación personal.

Una lección inmediata que aprendemos de esta historia es mirar a los demás con compasión y no con juicio, reconociendo que todos cometemos errores. Nos invita a dejar de lado la hipocresía y a examinar nuestro propio corazón antes de señalar el pecado ajeno. El pasaje nos llama a ofrecer oportunidades de cambio y esperanza, en lugar de castigos o rechazos, para contribuir así a una sociedad más justa y humana siguiendo el ejemplo de Jesús.

¿Cómo podemos aplicar el mensaje de Jesús “ni yo te condeno; vete, y no peques más” cuando enfrentamos situaciones en las que tendemos a juzgar y condenar rápidamente a otros?

 

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